Laura Valenzuela: 'Yo puedo más que la enfermedad que tengo y no me amargará la vida'

«Siempre encuentro una salida»
—También habrá habido en estas semanas momentos de incertidumbre.
—Claro que sí. Muchas dudas y momentos de incertidumbre, pero siempre pienso que todo se va a solucionar. Siempre encuentro una salida. Si las cosas tienen que ser, son, y, por tanto, hay que afrontarlas y seguir adelante. Por eso yo tengo que afrontar lo que me ha pasado.

«Tengo mucho miedo al avión»

—¿Fue muy duro el viaje de vuelta cuando ya sabías los resultados de lo que tenías?
—Verás. El miedo que le tengo al avión puede mucho más que lo que puedan decir los médicos. Cuando voy en el avión comienzo a decir: «¡Ay, Dios mío, que esto se mueve mucho!». Y no me acuerdo de lo otro. De todas formas, venía con buenas noticias.
—Casi coincidirías en Houston con Rocío Jurado.
—Fíjate que la vi porque coincidió que cuando Rocío estaba allí de tratamiento, nosotros teníamos que ir para una revisión de Lara. Antes de partir llamé a su hermano, Amador, y le dije: «Oye, que vamos para allá, que si tu hermana necesita algo, no tienes más que decírmelo. Que si quiere que la lleve ese camisón que se nos olvida a las mujeres siempre y que luego necesitamos, yo se lo puedo llevar».
—¿Y tuvistes que llevárselo?
—Amador me dijo: «No, no, gracias, porque va ahora su hija y le lleva todo eso, pero Rocío me ha dicho que le encantaría que fueras a verla». Por eso fuimos.
—Sería una alegría para Rocío.
—Creo que sí. Rocío llevaba la cara absolutamente sin maquillaje, lavada, como decimos las mujeres, y estaba guapísima. Eso sí, la encontré un poco delgadita. Recuerdo que puso los brazos a ambos lados de su cintura y exclamó con gran sentido del humor: «Hay que ver en lo que va a quedar la Jurado».

«Valorar más a la familia»
—¿Todo esto te ha enseñado algo que no supieras antes?
—Pues mira, algo que parece un tópico, pero que se lo he oído a mucha gente y es verdad: mi sentido para valorar las cosas es completamente distinto ahora. Hay que evitar pasar malos ratos por cosas que no tienen importancia. Por último, valorar más a mi familia, a mi gente.
—Visto lo visto y sufrido lo sufrido, ¿cuál sería ahora tu mensaje?
—Que, por favor, que vayan a hacerse la revisión cada seis meses, cada año, el tiempo que el médico diga. Pero que no lo dejen, porque mira lo que a mí me ha sucedido.
—La palabra cáncer es dura de escuchar.
—Es dura, pero no temo pronunciarla. No hay más remedio que vivir con ella. Es más, a mí no me va a dar mala vida el cáncer. Puedo yo más que él y tampoco me amargará, aunque, por supuesto, dándole la importancia que tiene.

«Me han enseñado a afrontar las cosas»
—Tu actitud es realmente asombrosa, Laura.
—Siempre he sido así. Desde que era pequeña. Me han enseñado a afrontar las cosas, algo que yo, a su vez, he intentado enseñárselo a Lara. Mi hija es fuerte como no te puedes imaginar. No veas con que entereza ha llevado todo esto. No olvides que a mí me han dicho que tengo un cáncer a mi edad, pero a ella se lo dijeron cuando tenía diecinueve años. Imagínate lo que significa desconocer si tenía solución o no. Eso sí que es duro y tremendo.
—Hablemos de religión.
—Posiblemente no sea todo lo practicante que deba, pero sí que me vuelvo y digo: «Por favor, echadme una mano».
—De todas formas, Laura, la vida te ha hecho enfrentarte a cosas complicadas.
—Es cierto. Lo de mi hija y luego la larga diabetes de José Luis. Le he llevado muchas veces en una ambulancia a La Paz, o donde fuera, con una subida grande de azúcar en un punto crítico. O sea, que esto ya me llega entrenadísima.
—Pues que Dios te conserve el buen humor que tienes, Laura.
—Hay que tenerlo.

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