Entrevista exclusiva con la actriz española más internacional, Penélope Cruz

—¿Qué rasgos crees que definen mejor tu forma de ser, tu personalidad?
—Creo que la tenacidad o, si quieres, la tozudez. En este sentido, creo que el horóscopo acierta conmigo cuando define a los Tauro. Lo reconozco, soy bastante cabezota.

—Dicen Penélope, que todos tenemos nuestros miedos, ¿cuáles son los tuyos?
—Sólo tengo un miedo: que la gente a la que quiero pueda sufrir. Eso lo temo mucho más que a cualquier cosa que me pueda pasar a mí.

—¿Qué cualidad te gustaría tener que crees que no tienes?
—Habilidad para relajarme. Creo que tendría que tener un poco más. Me como demasiado el «coco». El sentido de la responsabilidad que adquirí cuando hacía ballet clásico, que es la cosa más difícil del mundo, lo llevé a mi profesión y eso, aunque me ayuda mucho en mi carrera, puesto que trabajamos catorce horas diarias a veces durante meses y con un ritmo frenético, es también una doble arma, porque, por un lado, me beneficia en mi trabajo, pero, por otra parte, es mi peor enemigo, porque no sabes cómo parar. Menos mal que ahora creo que lo estoy llevando mucho mejor.

—¿Qué te hace llorar a ti?
—Lloro bastante. No por cualqier cosa, pero lloro bastante. Pero creo que lloro más por las cosas bonitas, por las cosas que me emocionan que pos las que me entristecen. En las tristes, creo que me bloqueo más.

—Y lo que más te hace reír.
—No es una cosa, sino una persona: mi hermano Eduardo. Tiene un sentido del humor increíble.

—¿Espontánea o... precavida... de las de guardar mucho la ropa?
—Con la gente de mi entorno (familia, amigos...) soy más bien espontánea. Con la prensa, por ejemplo, me gustaría ser mucho más espontánea, pero de verdad es que eso siempre me ha salido mal. Por eso instintivamente suelo encender el piloto automático de control para ver hasta dónde puedes compartir.

—¿Cómo te ves guapa o, como se suele decir, ‘resultona’?
—Lo que creo es que tengo un físico que es fácil de transformar. Por ejemplo, en la película italiana, que mi hermano la llama: «No te moverás del susto» (del susto de verme lo fea y cambiada que salgo), pues experimento una gran transformación. No creo que tenga mérito atreverte a salir fea en una película, porque lo que hay que estar es al servicio del personaje. Pero lo que creo que es bueno es poder transformarte en varias direcciones. No me gustaría verme limitada a un tipo de personaje en el que siempre tuviera que salir mona. Me moriría del aburrimiento.

—¿Qué te quita el sueño a ti, Penélope?
—Los problemas. Pero más los problemas de la gente a la que quiero que los míos.

—¿Qué tal te llevas contigo misma?
—Procuro llevarme bien y, sobre todo, hacer las cosas bien para que, al final del día, no me tenga que reprochar nada. Sólo por eso, por estar al final del día satisfecha de lo que has hecho, es por lo que creo que merece la pena y compensa por lo menos, intentar ser una buena persona o intentar ayudar a la gente que tienes alrededor. Y es que, al final del día, no nos podemos engañar a nosotros mismos. Yo creo que éste es el termómetro que lo mide. Da igual lo que se vea desde fuera: nosotros lo sabemos y hay que vivir con eso, con nuestras propias acciones.

Sin miedo a olvidar
—Penélope, tú vienes de abajo, de una familia humilde, ¿no tienes miedo a olvidarlo un día?
—Jamás. Eso es imposible. Mi familia es lo más importante que yo tengo. Y nos ayudamos los unos a los otros a tener los pies en la tierra. Y me gusta tener la ayuda de ellos, porque mi vida hoy es muy diferente a la que he tenido en mi infancia. Por eso, mi relación con los míos —familia y amigos— sigue siendo la misma. Y eso es lo que yo más valoro en mi vida. Lo que me está pasando con mi trabajo, es decir, la posibilidad de tener cosas que no tenía antes, viajar, recorrerme el mundo, todo eso, si yo no lo pudiera compartir con la gente que quiero, no significaría nada para mí; al contrario, me produciría muchísima tristeza. Lo que verdaderamente me da satisfacción de esa parte, digamos extra, de mi trabajo sólo me sirve si la puedo compartir con la que quiero. Eso lo tengo clarísimo. Y eso es lo que a mí me ayuda a no olvidarme de que, aunque en mi infancia nunca me falló nada, mis padres trabajaron duro para sacarnos adelante.

—¿Hollywood te ha quitado algo?
—Mi vida en Estados Unidos tampoco es lo que se imagina la gente. El «glamour», para los estrenos y para de contar: mi vida allí es muy normal: sigo yendo a clases, estudiando idiomas. Intento hacer el tipo de vida que hacía cuando estaba en Madrid, en Nueva York, en Londres... Además, el ‘glamour’ de un estreno sigue siendo parte del trabajo.

—Se dice que Hollywood es una máquina de usar y tirar, un monstruo que devora.
—En realidad yo nunca voy a dejar de ser una actriz europea que también trabaja en Estados Unidos. Por lo tanto, creo que nunca voy a entrar a formar parte de ese juego. Más de una vez he tenido que decir que no a algún proyecto que era muy tentador pero que se apartaba del camino por el que yo quería ir. Y ahora mismo ya noto una gran diferencia con los personajes que me ofrecen en Estados Unidos.

—Lo que sí parece es que los papeles desgraciados, como el de ‘Non tu muovere’, los bordas.
—Es que al final los personajes más difíciles también son los más agradecidos, los que te permiten tirarte a la piscina sin miedo al ridículo. A mí, el personaje de ‘Italia’ me ha tocado el corazón y me ha marcado tanto que no podía hacerlo a medias tintas: tenía que entregarme totalmente o no hacerlo. Y al final ha sido una experiencia que no voy a olvidar en toda mi vida.

—¿Cuál es el mejor recuerdo que guardas de Tom Cruise?
—Es una persona que siempre estará en mi vida como amigo y del que solamente tengo cosas buenas que decir.

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