Goya Toledo: 'Quien diga que a Penélope se le ha subido la fama a la cabeza, es que no la conoce'

La de Goya Toledo es la historia de una joven que, a los diecisiete años, dejó su casa y su tierra de Lanzarote y se trasladó a Madrid porque quería ser actriz. Hoy, su nombre ha traspasado nuestras fronteras tras protagonizar «Amores perros», película que el pasado año estuvo nominada para el Oscar como mejor película extranjera.
Goya, que durante un tiempo trabajó como modelo para pagarse sus estudios de arte dramático y que recientemente fue la estrella elegida por Lancôme para presentar Pasarela Gaudí, ha posado para ¡HOLA! y nos ha hablado de sus inicios y de su actitud ante la vida y ante su profesión.

—Un día dejas tu casa y te lanzas a la aventura de Madrid. ¿Cómo fue aquello?
—Afortunadamente, la mía no fue la típica historia de la chica que dice «me voy » y la familia se opone. No existió tirantez alguna: tuve, al cien por cien, el apoyo de los míos, aunque mi madre tenía la lógica preocupación de decir: «A ver esta niña adónde va y cómo le va a ir». No es lo mismo irte y jugártelo todo a una carta que tener el apoyo de tu familia. Y yo lo tuve. Por eso no hay que echarle fantasía ni ponerle mérito al hecho de venirme a Madrid a abrirme camino. Los míos estaban detrás apoyándome.
—¿Qué parentesco te une con Jose, Cira y Fabiola Toledo?
—Ninguno. Todas somos canarias, pero no tenemos nada que ver. Curiosamente, en Canarias hay bastante gente que se apellida Toledo.
—¿Es cierto que querías estudiar psicología?
—No es que quisiera estudiar eso. Pero la psicología siempre me ha atraído, porque me parece muy interesante.
—¿Y eres buena psicóloga?¿Ves venir a la gente?
—Con mis amigas espero que sí, y creo que veo venir a la gente, y con el tiempo cada vez más.
—Tu primer papel como protagonista en el cine fue en el filme «Mararía». ¿Es cierto que te eligieron por casualidad?
—Totalmente cierto. Fue, si se quiere, como mágico, porque yo estaba haciendo un reportaje en Canarias por los volcanes, delante de un pueblo que se llama Uva, justo delante de donde se cuenta la historia de Mararía, y de pronto aparece Antonio Betancor, el director, que estaba haciendo localizaciones para la película. Me vio, hizo una foto y, como no le conocía físicamente, pensé que era alguien que estaba haciendo un reportaje y me acerqué para saber qué era aquello. Al rato me dice:«Quiero hablar contigo, porque voy a hacer una película y creo que podrías dar el personaje». Así fue todo. Después hice la prueba —la cosa estaba entre dos o tres actrices más — y me eligió.

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