Miguel Molina y Katrin Olafsdottir se han reconciliado y están esperando su segundo hijo


Así lo cuenta Miguel

— Miguel, ¿tú te lo has pensado bien?
— ¡Claro que he pensado bien las cosas! Estar un año haciendo francamente lo que uno quiere, es decir, lo que le da la gana, da tiempo para pensar lo que francamente uno debe hacer. Sinceramente, lo he pensado mucho. Y no estoy volviendo a tener una relación con Katrin porque me apetezca, hayamos convivido y se haya quedado embarazada. Nada de eso. Nosotros veníamos hablando mucho y ya estábamos decididos a volver a empezar. Por otra parte, a mí durante este año me ha dado tiempo a ver y a saber que es una señora que me da mucha paz y me equilibra muchísimo, y que es la madre de mi hijo Antonio, que es lo que más amo en la vida. Y sería absurdo y de enano mental pensar que vaya a poder encontrar algo mejor que lo que tengo: mi familia.

— Al quedarte solo, tras romper con Katrin, ¿te diste cuenta pronto de que te habías equivocado?
— Sí, al principio, uno piensa que se va a comer el mundo, que todo va a ser genial … Dices: "Ahora ya tengo libertad". Y luego te vas dando cuenta de que la libertad no es lo que uno cree que te da el ser libre (en plan soltero, digamos) sino que es otra cosa: es sentirte feliz, saber que estás por algo en esta vida, comprender que estás ayudando a la vez a una familia y, al mismo tiempo, disfrutando de ella. Yo siempre he sido una persona muy familiar. Y por primera vez me ha ocurrido en la vida esto: el repensar las cosas, el rectificar … al sentir de nuevo la cercanía de mi mujer y de mi hijo. Me he dicho: "No seas subnormal, da marcha atrás y retoma la situación, porque no vas a encontrar nada mejor… que no hayas tenido antes, y que no tengas aquí, con ellos".

— Además, Miguel, tú llevas ya dos fracasos, tienes tres hijos por ahí…
— Cierto. Por eso te digo: que Dios te ponga algo así en el camino y que te diga: "Miguel, por donde vas… vas mal". Y eso me ha pasado a mí. Le he ido viendo las orejas al lobo conforme iba pasando el tiempo día a día y noche a noche, transcurriendo mi vida en la soledad, a pesar de los miles de historias que he tenido, y de las que me arrepiento muchísimo, porque te vas dando cuenta de que has gastado tu energía en algo que no deberías haber hecho. Pero somos humanos y, bueno, a fin de cuentas, ahora soy feliz y tengo la suerte y la oportunidad de retomar a mi familia, de vivir con ellos y para ellos, de tenerlos a mi lado y de cuidarlos, amarlos y disfrutarlos.

"Nos fuimos a celebrarlo"

— ¿Cuál fue tu reacción al quedarse Katrin embarazada?<7b>
— ¿Mi reacción? Pues nos fuimos a celebrarlo, a cenar por ahí. Y estuvimos queriéndonos mucho y también lloramos un poco.

— Katrin nos dijo que no es un niño buscado.
— No. Pero ha sido un regalo de Dios. Ha venido Dios y ha dicho: "Tomad, para la nueva oportunidad, pues otro nuevo hijo. Como tienes pocos, Miguel, pues ahí te va el quinto". Yo estoy feliz, soy la persona más feliz del mundo. Creo que lo más hermoso que puedes encontrar en la vida son los hijos. No hay nada que pueda aportarte más ternura (y tampoco más problemas, claro). En el fondo, los hijos son nuestra eternidad: nos damos tantas vueltas a la cabeza pensando qué habrá después de esto, qué será la eternidad … Creo que lo que mejor la define son los hijos, que son tu perpetuación. Los hijos son la vida que avanza, que sigue imparable. Y, en el fondo, la vida no tiene otra cosa más grande que la propia vida de tus hijos.

— ¿Para cuándo el niño?
— Nacerá en primavera. Finales de abril, primeros de mayo …

— ¿Cómo es Katrin?
— Es una mujer fuerte, una mujer dura … y también es una mujer frágil como un cristal.

— ¿Frágil en el sentido de que, al estar enamorada de ti, eres … su debilidad?
—Pues… quizá. A mí me ha ayudado mucho. Por ejemplo, es la única persona que, cuando tuve los problemas con mis dos hijos mayores ,me ha llamado a los diez minutos de enterarse y me ha dicho: "Estamos aquí, estamos contigo, no te preocupes".

"En esta profesión"
— ¿Es una persona a la que agarrarse, a la que recurrir?
— Sí, porque es tu apoyo. En esta profesión tan inestable se juega mucho con sensibilidades y con la sensibilidad de las personas. Yo soy muy sensible y es muy fácil hacerme daño o engañarme, por decirlo de alguna manera. Y hay gente muy lista, muy inteligente que en un momento determinado, hace que suceda lo que le conviene. Y a mí me ha pasado eso.

—Tú, Miguel, tienes fama de tener un gran corazón pero, a veces, te despistas, sales por ahí, trasnochas … ¿Es esto último lo que a ti te mata?
— Es un cúmulo de cosas. Esta profesión es muy difícil de llevar. Ahora son casi cuarenta años los que tengo (exactamente, treinta y nueve) y son veinticinco los que llevo de actor. Y es una profesión de por sí bastante desequilibrante. Si a eso añades que yo también soy, por decirlo de alguna manera, un poco (golfo no es la palabra), digamos, débil, porque no doy tiempo a tener una acción y una reacción … Débil porque, en ciertos aspectos, me dejo llevar por quien no debería dejarme llevar. Es la vida la que, después de pasar por estas cosas, te enseña a descubrirlas. Y la misma vida te enseña también a decir un día: "Lo siento, he metido la pata, vamos a rectificar y a intentar sacar esto adelante, porque merece la pena".

"Perseverante, insistente"
— Dinos alguna cualidad más de Katrin.
— Es perseverante e insistente. Lo que de verdad la caracteriza es saber estar siempre ahí. Yo estaba desengañado de mis anteriores relaciones, estaba afrontando el problema con mis dos hijos mayores (por mi parte, el dinero está pagado, eso está resuelto; lo que no está resuelto es el tiempo —los seis años — que llevo sin verlos, y eso no tiene solución, y tampoco sé cuándo les podré ver), y la reacción de Katrin cuando se enteró del problema fue de absoluta nobleza, como he dicho. Estuvo a mi lado, me dijo que mi hijo Antonio Floki era mío y que lo podía ver cuando quisiera … Y hasta llegó a decirme: "Si quieres, cojo un avión y te vamos los dos a ver".

— Has dicho que tras la ruptura te sentiste muy solo. Sin embargo, tuviste una relación sentimental con Ana Obregón.
— Sí. Pero, en realidad, duró poco. Y lo importante es que hoy somos dos buenos amigos. Ana es una excelente persona y una fantástica compañera de profesión. Y nada más. Pero, volviendo a lo de la soledad, insisto en que el que llegaba a mi casa solo era yo, el que estaba solo noches y horas era yo … No tenía, en el fondo, quien compartiera ni mi casa ni mis historias, buenas o malas.

— Al menos, tú, Katrin, estabas mejor que Miguel, porque tenías a vuestro hijo, Antonio Floki; tenías a tu hija, Hekla...
— Sí, es cierto y lo reconozco. Pero echaba mucho de menos a Miguel. Por otra parte, veía a nuestro hijo crecer y descubrir cosas, y empezar a abrirse a la vida...,y su padre no estaba allí para disfrutarlo. Y eso me daba mucha pena. Hace falta un padre y una madre para sacar a los hijos adelante, para darles un equilibrio, y también para luchar por ellos.

Pues yo quiero casarme
— ¿Tenéis idea de casaros?
— Hasta ahora nunca habíamos hablado de eso —responde Miguel —. Sin embargo, a mí me está gustando la idea. Quiero casarme, de verdad. Pero aún no se lo he pedido a Katrin. Si con mi tercera mujer, que ha sido Katrin, no se me había pasado por la cabeza la idea de casarme, con la cuarta (que es también Katrin) me apetece. Es más: estoy empezando a sentir la necesidad de hacerlo. Y es que el año que he pasado separado de ella han cambiado muchas cosas en mi interior.
Katrin se queda medio sorprendida de las palabras de Miguel. Y le preguntamos su opinión sobre el matrimonio. — No tengo nada en contra del matrimonio. Creo en él. Pero en este momento lo veo como algo tan importante que casi no me lo puedo imaginar. Y es que me da miedo en este instante decir: "Sí, me quiero casar". Estuve casada una vez, y si vuelvo a hacerlo, ha de ser algo muy muy especial.

— ¿Sería civilmente?
— A mí me gustaría que fuera una boda religiosa — dice Miguel.
Katrin, por su parte, afirma: —A mí también. Yo soy protestante y tendríamos que casarnos de alguna manera en España y también en mi país. Lo de mi país lo digo porque tengo una cantidad enorme de familia y no podrían desplazarse todos a España.

Atarse los machos...
—Miguel, estás —estáis — en un momento maravilloso, habéis sabido dar marcha atrás retomando el camino que habíais dejado. Pero ¿te has dicho en algún momento: ‘Tengo que atarme bien los machos’?
— Sí. Lo he pensado y me lo he dicho. Y creo que lo he hecho. Pienso que estoy en una edad dura (todas las edades lo son a su manera) y este año de soledad me ha hecho recapacitar bastante sobre muchas cosas. Ya no tengo la vitalidad que tenía antes, ni tampoco busco lo que antes buscaba. Ahora lo que, en realidad, busco es disfrutar de lo que la vida me puede traer junto a los míos, compartiéndolo todo con ellos. Porque la noche yo ya la he visto toda.

— Es que eras de parar poco en casa, Miguel.
— No te creas que paraba tan poco. Lo que pasaba era que, cuando salía, salía a saco. Como sale la gente joven. Lo que sucede es que no me daba cuenta de que ya no tengo veinte años. Y entonces he concluido: se acabó lo que se daba. Una noche de juerga supone un día siguiente fatal. Y todo eso ahora lo sopeso. Pongo las cosas positivas en un lado de la balanza, en el otro las negativas, y decido. Tampoco hay que ser excesivamente inteligente para darse cuenta de que los años pasan, de que las cosas cambian, de que uno madura y de que el eje y el centro de la vida es la familia.
Katrin interviene: — La verdad es que la raíz de todos los problemas que teníamos Miguel y yo era que salía muchísimo. Y llegaba tarde, y después lo pasaba fatal. Y así no me estaba haciendo feliz a mí ni era feliz él. Pero él ahora ha cambiado y ha madurado. Ha sabido rectificar.

— Bueno, Katrin, tú también tendrás algún defecto, ¿no? (Dicen que no tener defectos puede resultar ,incluso, aburrido.)
— Los tengo. No soy perfecta, ni mucho menos. Pero también sé rectificar. En el fondo, Miguel y yo somos una pareja muy curiosa, ya que somos muy parecidos y, al mismo tiempo, totalmente diferentes.

— Al final, la pregunta que no debe faltar: ¿niño o niña?
— En mi país no es costumbre saberlo antes: lo normal es esperar al parto y, en consecuencia, a la sorpresa —dice Katrin.
— A mí me gustaría tener una "canija", me gustaría que fuera niña.

Y ya al despedirnos, Miguel Molina nos comentó: —Estamos muy enamorados, estamos felices y luchando para que todo salga bien y para que, por fin, ésta sea una familia como la que yo tuve y como la que tuvo Katrin. Quiero, de una vez por todas, dedicarme a los míos y a mi oficio (yo no he tenido niñez: estoy en esta profesión desde niño) y dejarme de pamplinas: las que haya podido cometer, quiero no volver a cometerlas más y las que vengan nuevas, esquivarlas. Que uno ya va siendo mayorcito, ya va teniendo sus horas de vuelo y debe obrar en consecuencia.

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