La faceta más desconocida de Meg Ryan: defensora de los elefantes

Nadie diría que la dulce Meg Ryan, reina de las comedias románticas con aspecto de eterna adolescente, fuese capaz de dejar a un lado su lado más frágil para calzarse unas botas, armarse de valor y lanzarse a la aventura.

Siguiendo la estela de otras estrellas de Hollywood, como Julia Roberts, que se integró en la vida de los pastores de caballos nómadas de Mongolia (el documental ya fue emitido en España), la protagonista de Cuando Harry encontró a Sally se embarcó, la pasada primavera, en un precioso proyecto de apoyo a los elefantes blancos. Meg Ryan mostró su faceta más desconocida en una experiencia que le llevó a adentrarse en las junglas tailandesas a la búsqueda de los esquivos paquidermos, cuyo número ha disminuido alarmantemente en los últimos años, con el fin de concienciar a los espectadores de la amenaza de extinción que acecha a estos animales.

Curiosamente, para llegar hasta los recónditos lugares donde habita esta especie, los coches y demás vehículos motorizados no eran de utilidad, por lo que los guías, el equipo de rodaje y Meg Ryan tuvieron que hacer uso del transporte más utilizado en Tailandia, los mismísimos elefantes.

La leyenda de los elefantes blancos
La leyenda de los elefantes blancos comienza en el sureste asiático, su hogar.
Considerados portadores de paz y fuerza, estos paquidermos han sido objeto de veneración durante siglos, adquiriendo una importancia fundamental para los emperadores y reyes -según sus creencias, el Elefante Real Blanco trajo el poder sagrado y la fertilidad-.
Por ejemplo, para los monarcas de Birmania y Siam, la posesión de estos animales sagrados se convirtió en algo fundamental. Un rey que tuviese muchos elefantes blancos tendría asegurado un largo mandato y un reino próspero. La muerte de los paquidermos, a su vez, pronosticaban el desastre.

Se creía que para que el rey perfecto necesitaba siete cosas: una esposa ejemplar, un tesorero eficiente, un primer ministro sabio, un caballo rápido, una ley justa, una gema preciosa y el más noble de los elefantes blancos. Tanto era el aprecio por la especie, que los Elefantes Reales Blancos nunca eran montados, ni utilizados como portadores, ni utilizados en guerras; se mantenían protegidos dentro de los muros de palacio, confiados al cuidado de altos funcionarios, bien alimentados y aseados regularmente.

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