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DE PRINCESA HEREDERA A NOVIA DE EUROPA. Rainiero se asomó al balcón central del palacio teniendo en brazos a la princesa Carolina . El Príncipe, con su hija de un año, anunciaba a los monegascos que los Grimaldi ya tenían un nuevo heredero varón, el príncipe Alberto. Con este nacimiento, la primogénita quedaba relegada en la línea de sucesión. Un puesto en el que se mantuvo durante catorce meses para alegría de todos aquellos que, temerosos de que el soberano monegasco no tuviera descendencia, veían asegurado el futuro del principado lejos de las garras de Francia. La princesa Kelly dirigió con precisión todos los pasos de la niña Carolina que ella soñaba convertir en 'Reina'. Y fue impecable en cada uno de sus gestos, porque pensaba que las apariencias lo son todo en la vida. A pesar de su dedicación y esfuerzo no lo logró. Su hija, más preocupada por agotar la vida que por mantener las formas, se convirtió desde muy jóvenes, en la novia de Europa y, como consecuencia, en el objetivo principal de las cámaras fotográficas.
DEL DESAMOR Y LA MUERTE, AL NACIMIENTO DE LOS HIJOS Grace Kelly mantuvo el principado, durante tres décadas, a salvo de escándalos y transformó el pequeño trozo de tierra en un paraíso en donde acabarían recalando las mayores fortunas del mundo. Bellísima y refinada, convirtió su matrimonio en una de las grandes historias románticas del siglo pero no pudo, sin embargo, evitar que su hija mayor cometiera errores y cargara, a sus espaldas, con el peso de los grandes desengaños. Carolina, educada para ser "reina" y para vivir un solo gran amor, se desmarcó, en cuanto pudo, del mundo protocolario en el que creció. Más preocupada por exprimir la vida que por guardar las formas, la hija mayor de Raniero, no se detuvo un instante para mirar atrás y se encontró con un largo camino de rosas y espinas. Todo comenzó cuando se fue a París, a la Sorbona, a estudiar Filosofía y conoció a Philippe Junot. Después, llegó la ruptura y uno de los momentos más tristes de su vida: la pérdida de su madre, a los 54 años, en un accidente de tráfico, el vacío en el balcón -el mismo que sentiría tras la muerte de Stefano, su marido, cuando tuvo que volver a pisarlo- y, especialmente, el verse obligada a recoger su testigo, a ocupar el 'trono' como la primera dama de Mónaco.
LA FELICIDAD DE UNA PRIMERA DAMA. Las imágenes mil veces publicadas de Carolina, a los dieciocho años, abrazada a Philippe Junot sobre la cubierta de un barco; Carolina, ya divorciada, dejándose querer por el tenista Guillermo Vilas, en una playa hawaiana; Carolina besando a Roberto Rossellini, hijo de Ingrid Bergman; dejaron inmediatamente paso, a una princesa rota de dolor por la muerte de Stefano Casiraghi, que la dejaría viuda con tres hijos y la vida inundada de luto… No en vano, durante años, Carolina dejó de ser princesa y, para que se supiera, se vistió de campesina provenzal y se retiró al campo para refugiarse en los brazos del protector, Vincent Lindon… Los niños crecieron, el dolor fue mitigado y Carolina, decidió volver a su antiguo rol: el de princesa. La descubrimos, entonces, con turbante, viviendo su pasión turca con Ahmet Ertegun; y, también, en los prolegómenos de su historia de amor con Ernesto de Hannover. El hombre con el que acabaría casándose en 1999 y el que su madre había elegido para ella antes de que decidiera unirse en matrimonio a Philip Junot. Un príncipe al que conocía desde niña y que, hasta el momento, además de haberle dado la alegría de la pequeña Alejandra, parece hacerla muy feliz. De hecho, la princesa de Mónaco, pletórica en su madurez, y rodeada de bellos hijos, ha vuelto a salir al balcón para saludar al mundo con la mano.
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