Al ofrecerle Noruega la corona tras la separación, Oscar II la rehusó en nombre propio y en el de los Bernadotte. Considerado como un hábil diplomático, además de culto y literato, fue requerido para arbitrar en conflictos internacionales

LA ERA DE DOS REYES LLAMADOS ÓSCAR

A principios del XIX, tras cientos de años de guerra, Suecia era una nación derrotada, arruinada y regida por el rey Oscar I (1779-1859), único hijo de Carlos XIV y Desiré Clary , que gobernaba bajo la influencia de un espíritu liberal y unos ideales más humanitarios. De hecho, durante su reinado, se revisó el código penal, se implantó la educación universal y se aprobaron leyes sobre la igualdad del hombre y la mujer, la libertad de culto y de prensa.

Sucede a Óscar I, en el trono, su hijo Carlos XV y, a éste, su hermano menor Óscar II (1829-1907), que, aunque no tuvo más remedio que afrontar la pérdida de Noruega en el referéndum de la independencia de 1905, siguió luchando por los ideales de su padre y pasó a la historia como un Rey culto y literato. De hecho, protegió las ciencias y las artes, escribió libros en verso y en prosa con el seudónimo de Oscar Fredik, -uno de ellos centrado en Carlos XII-, tradujo obras, estudió música y vivió preocupado por el funcionamiento del Universo y por lo que pasaría si los planetas llegaran a chocar. El soberano vio, sin embargo, como el poder de la Monarquía frente al Parlamento iba perdiendo terreno.


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