Retrato de Cristina de Suecia, extremadamente digna en su caballo, de Sebastien Bourdon. Tras su abdicación, en 1665, la Reina erudita se trasladó a Roma. El Vaticano la convirtió en protagonista del Año Santo en 1675 y ella, como pago, les donó su amada y bien provista biblioteca

LA REINA INTELECTUAL Y LA CORTE DE LOS SABIOS

La reina Cristina (1626-1689 fue una erudita solterona cuyo intelecto asombraba a los hombres más sabios de la corte. Careció del amor materno -su madre María Eleonora nunca se ocupó de ella-, odiaba el protocolo y se consoló, desde niña, rodeándose de libros. Aprendió latín, hebreo, español, alemán, inglés e italiano y construyó su círculo de amigos entre las clases populares. La soberana, hija de Gustavo Adolfo I fue, por lo tanto, una figura de vastísima cultura, aunque poco inclinada al gobierno del reino. De hecho, lo que realmente buscaba era que, en su corte, se citaran los grandes cerebros de la época. Descartes, por ejemplo, era uno de sus preferidos y no dudaba en llamarle, de madrugada, para sostener con él charlas de altura. No en vano, fue tan grande la relación entre ambos que, cuando el filósofo murió, la Reina, viendo como su amigo dejaba serenamente la vida, abandonó el luteranismo y se abrazó a la fe católica.

En 1654, la Reina abdicó en su primo Carlos Gustavo... Tres versiones distintas de la historia cuentan: que por culpa de sus nuevos votos religiosos; que por su inmenso amor hacia el embajador de Felipe IV, Antonio Pimentel; y porque la Reina quería ver el mundo disfrazada de criada.


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