Masako de Japón

Decir que la infanta Elena fue responsable indirecta del amor entre Masako y Naruhito no es faltar a la verdad. Se conocieron en octubre de 1986, en una recepción oficial ofrecida a la infanta doña Elena en Tokio. Desde esta fecha hasta el 9 de junio de 1993, su amor fue una lenta carrera de obstáculos superada por la serena diplomática y el príncipe heredero.

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9 Diciembre 1963
Tokio, Japón
Horóscopo : Sagitario

Nombre: Masako Owada
Nacimiento: 9 de diciembre de 1963
Lugar: Tokio, Japón
Familia: hija del diplomático nipón Hisashi Owada
Estudios: Licenciada en Ciencias Económicas por la Universidad de Harvard; licenciada en Derecho por la Universidad de Tokio; Posgrado en Relaciones Internacionales en Oxford

Masako significa femenina elegancia. Para definir la personalidad de la futura emperatriz de Japón habría que añadir un nuevo calificativo: brillante. Se convertirá en la primera soberana del reino sin nombre con título universitario: dos para ser exactos. Con veintiún años, recién conocido al príncipe real, comenzó una prometedora carrera diplomática en el Ministerio de Exteriores japonés. Por allí estaba su padre, el ex viceministro Hisashi Owada. Pero todas aquellas aventuras de pasillo y poder se paralizaron el 9 de junio de 1993, cuando ataviada con un traje nupcial de más de quince kilos de peso, dijo el sí a Naruhito.

Su historia de amor bien podía haber sido escrita por su suegra, Michiko, una emperatriz que sufrió la rigidez de la Corte japonesa pero que halló en la literatura una vía de escape. La historia de amor entre los futuros herederos de Japón podría empezar así: "Naruhito y Masako se conocieron acunados por los acordes de Mozart y rodeados por los lienzos de Goya. Asistió a su primer encuentro, una infanta de un antiguo Reino de nombre España..." Tal fue la primera vez que Naruhito fijó sus ojos en la que, siete años después, se convertiría en su esposa.

Él era un Príncipe amante del estudio. Ella había hecho del estudio su forma de vida. Se encontraron y hubieron de superar muchos obstáculos hasta que al fin, la familia de Masako dio el sí.

Este sí implicaba una renuncia y un reto. La renuncia: una vertiginosa carrera diplomática y, por qué no, política, de una joven muy inteligente. El reto: convertirse en princesa heredera de una Monarquía con más de 1.400 años de antigüedad. Y hacerlo conjugando los aspectos más tradicionales con unos aires nuevos provenientes de los nuevos tiempos. En Masako se unían ambas corrientes: tenía una educación eminentemente occidental y, sin embargo, era muy respetuosa con las tradiciones de sus mayores.

Tras la boda, la espera de millones de japoneses que querían ver a su princesa embarazada, y de varón a ser posible. Ella, ante la insistencia de los medios, trató de ser suave, sin olvidar el ingenio: "La cigüeña es un pájaro tímido y no se la debe molestar". Pero la timidez del ave no fue disculpa suficiente. Y la prensa continuaba ejerciendo presión sobre una princesa cautiva (desde su boda, pocas veces ha salido de su residencia, un palacio, por cierto, atendido por un servicio de 1.200 personas).

En diciembre de 1999 el país vivió la noticia de un aborto espontáneo de Masako como una auténtica tragedia nacional. La presión sobre la joven cada vez era más agobiante. Sin embargo, el 15 de mayo de 2001 la Casa Imperial dio un nuevo aviso que hizo respirar a un pueblo fiel a sus tradiciones: la princesa estaba embarazada de nuevo. La continuidad de la Monarquía nipona estaba, al fin, asegurada.

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