Más vale prevenir

Claves que alargan la juventud de la piel.

Dicen que a los veinte tenemos la cara con la que nacemos y, a los cuarenta, la que nos merecemos. Una afirmación muy cierta en lo que a la juventud de la piel se refiere. Los hábitos de vida influyen (¡y mucho!) en su estado, tanto presente como futuro. Conocer sus enemigos es el primero paso para mantenerlos a raya durante largos, largos, larguísimos años.

  • Los años no pasan igual para todos. Existen dos tipos diferentes de envejecimiento: el extrínseco, causado por agentes externos como el sol, el tabaco, una mala alimentación o el estrés, y el intrínseco, que está genéticamente programado. Poco se puede hacer para evitar el segundo, puesto que no es más que una consecuencia natural del ciclo de la vida, pero sí es posible poner freno al envejecimiento extrínseco y evitarlo antes de que se produzca.

  • A más sol, más arrugas. La radiación ultravioleta es el más agresivo de todos los agentes "anti - juventud" que existen. Para comprobarlo, no tiene más que observar la diferencia entre la piel de zonas poco expuestas, como la espalda o el trasero, con otras como la del escote o las manos. El sol degrada las fibras de colágeno y de elastina, el tejido de sostén de la piel, provocando flacidez y arrugas. A diferencia de las provocadas por el paso del tiempo, que siguen las líneas naturales de expresión (piense, por ejemplo, en las patas de gallo o en los surcos nasolabiales, que se marcan al hablar o sonreír), las arrugas provocadas por el sol tienen un aspecto romboidal y cuarteado, como de cuero. La mejor forma de evitarlas es mantenerse protegida del sol desde la más tierna infancia, puesto que la piel tiene memoria y guarda el recuerdo de cada rayo y cada quemadura de más, que luego se traducen no sólo en arrugas, sino también en manchas. Aunque parezca increíble, una insolación a los dieciocho acaba siendo visible allá por la treintena, momento a partir del que empezamos a pagar la factura de cada quemadura y bronceado del pasado.

  • El tabaco, un enemigo que echa humo. Los datos son contundentes: los cigarrillos empeoran la calidad de la barrera epidérmica, tienen efectos deshidratantes, disminuyen la oxigenación celular y alteran el colágeno. Es decir, que además de los pulmones, le destrozan también la piel. Lo peor es que estos efectos se observan también en los fumadores pasivos que están muy expuestos a los cigarrillos de los demás, por lo que si vive rodeada de malos humos, le conviene poner su cutis al rescate.

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