EE.UU. celebra los 40 años del Watergate

El secretismo y la tendencia a acumular poder en la Casa Blanca recorren la historia, hasta Obama | "No puedes aparcar tu integridad personal cuando ingresas en una organización", dice un 'fontanero'

Marc Bassets

Como el síndrome de Vietnam, que ha marcado todas sus empresas bélicas desde los años setenta, Estados Unidos también vive, desde la misma época, bajo el síndrome del Watergate.

El escándalo que comenzó como "un robo de tercera categoría" -en palabras del portavoz de la Casa Blanca- y acabó con la dimisión del presidente Richard Nixon expuso lo peor y lo mejor de la democracia americana: los abusos e ilegalidades amparadas en el poder presidencial y, al mismo tiempo, el funcionamiento de los contrapoderes que detectaron, desvelaron y al final castigaron estos abusos. Desde la dimisión de Nixon, en 1974, la tensión entre la tendencia al secretismo de todo jefe de Estado y la vigilancia de los mecanismos de control ha sobrevolado todas las administraciones.

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En Vietnam, EE.UU. sufrió su derrota más humillante. Con el Watergate, la figura del presidente se desacralizó. El presidente dejó de sentirse inmune e impune. Vietnam y el Watergate forzaron a la superpotencia a la autocrítica y una introspección.

John W. Dean III, uno de los personajes clave en la trama del Watergate, cree que la lección para los tiempos actuales es sencilla: "Rinde cuentas, di la verdad". Consejero legal (counsel) de la Casa Blanca, Dean fue uno de los encargados de organizar el encubrimiento de las operaciones de la administración Nixon. "La única manera de salir de un lío como aquel es explicar lo que pasó de verdad. No distorsionarlo, ni retorcerlo, ni esconderlo", aclara. Tras dimitir, Dean fue condenado por obstrucción de la justicia y pasó cuatro meses en prisión.

Dean participó el lunes pasado en la fiesta que The Washington Post, el diario que destapó el escándalo, organizó en Washington. Por primera vez se congregaron en un mismo espacio héroes y villanos del Watergate, los reporteros Carl Bernstein y Bob Woodward, y fontaneros de Nixon, investigadores del caso y hombres del presidente como Dean. Y todo en el mismo Watergate, el complejo de apartamentos y oficinas que dio nombre al escándalo, a orillas del río Potomac, cinco plantas más arriba del lugar donde, en la madrugada del 17 de junio del 1972 -el domingo se cumplen 40 años-, cinco hombres trajeados fueron detenidos mientras intentaban instalar un sistema de escuchas en la sede del Comité Nacional Demócrata.

Woodward, Bernstein y The Washington Post fueron fundamentales para descubrir, tirando el hilo de aquel suceso, la red criminal que había tejido la Casa Blanca de Nixon para socavar a sus adversarios políticos. Pero las fechorías del presidente no se habrían conocido en todas sus dimensiones "si no hubiese habido un partido opositor controlando el Congreso y un juez como John Sirica", recordó Richard Ben-Veniste, fiscal especial del caso, en un coloquio celebrado durante la fiesta de aniversario.

La idea de que todo acabará por saberse, de que en EE.UU. no hay secreto de Estado que pueda mantenerse por un periodo excesivo, empezó a extenderse entonces. Hasta Nixon, los presidentes habían dado por hecho que sus comunicaciones en la Casa Blanca pertenecían al ámbito privado y nunca nadie las escucharía. Una de las consecuencias del Watergate fue su divulgación.

"Las cintas de Kennedy y Johnson eran desconocidas para los Archivos Nacionales. Ahora pertenecen al pueblo americano", dijo Timothy Naftali, exdirector de la Biblioteca y Museo Presidencial Richard Nixon. "A Nixon nunca se le pasó por la cabeza que alguien las escuchase", constató el exsenador Fred Thompson, que tuvo un papel relevante en la comisión del Watergate en el Senado.

Nixon escapó a un juicio gracias al perdón que le otorgó su sucesor, Gerald Ford. Pero muchos de sus colaboradores pasaron por la cárcel. Como Dean o Egil Krogh Jr., codirector de la Unidad de Investigación Especial de la Casa Blanca, los famosos fontaneros que orquestaron varias campañas de sabotaje, además del Watergate.

Krogh también participó el lunes en la celebración del 40.º aniversario. "Es importante entender que tu lealtad es a la Constitución", explicó. "Cuando yo juré el cargo, tenía 29 años y mi lealtad era a Richard Nixon". "La principal lección -añadió- es que no puedes dejar aparcada tu integridad personal cuando ingresas en una organización".

Desde entonces, casi todas las administraciones han tenido sus gates, sufijo aplicado con facilidad a cualquier escándalo político. Desde el caso Irán-Contra, con Ronald Reagan, hasta el caso Monica Lewinsky, pasando por la guerra contra el terrorismo de George W. Bush.

El aniversario del Watergate coincide con las revelaciones sobre los asesinatos selectivos con aviones sin pilotos y sobre la ciberguerra dirigida por el presidente Barack Obama. El Departamento de Justicia quiere investigar las fuentes anónimas que han filtrado estas informaciones.

"Algunos han aprendido (las lecciones del Wategate). Otros las han olvidado. Bill Clinton es el ejemplo clásico", opina John W. Dean III. "Las olvidó".

¿Y Obama? "Muy bien. Hasta ahora no han tenido grandes escándalos. Ha sido una administración relativamente libre de escándalos. Han sido muy claros y abiertos", dice. Pero matiza: "En algunos ámbitos no tan bien, sobre todo en seguridad nacional".

¿Es Nixon una anomalía en la historia americana? "Desafortunadamente, no", responde.

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