Barcelona se vuelve más obrera pese a tener más universitarios

Marina Subirats disecciona la evolución de las clases sociales catalanas desde 1985, a través de veinte años de Encuesta Metropolitana | Apunta que las 'amas de casa' y los hogares con tres generaciones ya son residuales

Meritxell M. Pauné


La calidad de vida en Barcelona ha mejorado sustancialmente desde 1985, pero las formas de vida y los grupos sociales han cambiado mucho. Seis años después de las primeras elecciones democráticas nacía la Encuesta de la Región Metropolitana de Barcelona, quinquenal, de la mano del entonces alcalde Pascual Maragall. La encargada de diseñarla y codirigir sus dos primeras ediciones fue la reconocida socióloga Marina Subirats.

La yuxtaposición de las cinco exhaustivas radiografías socio-económicas realizadas hasta la fecha (1985, 1990, 1995, 2000, 2006) ha permitido a Subirats elaborar un diagnóstico de cómo ha evolucionado la vida de los barceloneses –metropolitanamente hablando– en dos décadas de bonanza y crecimiento. Lo recoge el libro Barcelona: de la necessitat a la llibertat. Les classes socials al tombant del segle XXI, que se presenta este jueves a las 20 horas en el Auditorio RBA (Diagonal 189) y que cuenta con versión catalana [editorial L'Avenç] y castellana [UOC].

¿En qué hemos mejorado?
El indicador que más se ha disparado en dos décadas ha sido la educación. Barcelona tienen un nivel de estudios muy superior al de 1985 y, además, gran parte del salto proviene de la llegada de las clases media y baja a la universidad. "Ha sido espectacular. Hemos pasado de tener una gran parte de la población analfabeta o sólo con la Primaria más básica, a una sociedad donde apenas quedan analfabetos", expone Subirats.

En los años 80 apenas una minoría accedía a estudios superiores, en general procedentes de familias acomodadas. En la última encuesta, la de 2006, la clase alta tenía un 66% de hijos universitarios (un 50% en 1985) y, en el otro extremo, la clase trabajadora tenía un 12%, es decir, diez veces más que en la primera estadística, donde constaba sólo un 1'2%. "Muchos hijos de los inmigrantes de los años 40, 50 y 60, familias que vivieron muy pobremente en barracas, han conseguido un buen nivel de vida gracias al acceso a la educación superior y a la emprendeduría exitosa", describe la catedrática.

La nueva inmigración ha contribuido a esta ilustración progresiva de Barcelona. Los que han llegado desde los 90 tienen muchos más estudios que los que llegaron durante el Franquismo procedentes de la inmigración interior española. "Suelen tener entre 20 y 40 años y una alfabetización media. Su nivel de estudios es superior a la media intergeneracional catalana, aunque está por debajo del nivel medio de los catalanes de su misma edad", compara la profesora emérita de la UAB y Creu de Sant Jordi desde 2006. Los nuevos inmigrantes y los de hace media década tiene en común que fueron los más atrevidos, los más fuertes de su entorno: "Siempre emigra la gente más preparada, la más valiente, la que cree que en el nuevo destino podrá prosperar".

El conocimiento del catalán también se ha disparado, en especial el escrito. Se mantiene su correspondencia general con mayor posición socio-económica. Sin embargo, la identificación como catalano-hablante –en la pregunta "¿Cuál es tu lengua?– disminuye. También lo hace el grupo que se identifica como castellano-hablante, dejando un creciente hueco para los que se autodenominan 'bilingües'. "El gran interrogante de futuro es este grupo, habrá que ver cuál es su compromiso, su interés en la protección y estímulo de la lengua catalana", plantea la socióloga.

Menos vida familiar y apenas 'amas de casa'
La evolución del rol femenino puede detectarse en varios datos de las Encuestas metropolitanas. Por ejemplo, la autocalificación como 'ama de casa' casi ha desaparecido, retrocede a gran velocidad y hoy se concentra en mujeres mayores de 60 años. Hasta esa edad abundan las que se consideran 'trabajadoras', incluso si están en el paro o han aparcado la vida laboral unos años. Para Subirats, que fue directora del Instituto de la Mujer de 1993 a 1996, la emancipación de la mujer en España "ha sido extremadamente rápida, en comparación con el resto del mundo" y ha conquistado la igualdad de sexos, "aunque no la igualdad de género": "Ya nada nos impide ser regidora o periodista, podemos participar del mundo androcéntrico si no hacemos demasiado ruido, pero siguen desprestigiadas las tareas femeninas, la memoria de nuestro rol o nuestra visibilidad en la sociedad".

La consecuencia inesperada de esta emancipación, señala Subirats, es que el esfuerzo laboral femenino se ha transformado en rédito bancario. La subida de ingresos familiares propició más compras de pisos –el gran vuelco del alquiler a la propiedad se dio entre 1970 y 1980–, que hicieron subir los precios, llevaron al boom inmobiliario y se transformaron en jugosas hipotecas. "La paradoja es que aquel sobresueldo femenino hoy es dinero imprescindible para muchas familias, por el aumento del coste de la vivienda", apunta.

No todo ha sido progreso, pues. La vida familiar, puertas adentro, es uno de los índices en los que Barcelona y la región metropolitana quedan peor paradas. La atención, energía y tiempo dedicado a las criaturas ha descendido mucho, "porque ellas no tienen tiempo y ellos no lo han compensado", sostiene Subirats. Además la solidaridad intrafamiliar ha perdido fuerza. Sigue siendo muy alta en comparación con Europa, como prueban los hijos que se resguardan del paro en casa de sus padres hasta los 30 o que regresan tras un descalabro vital, pero la familia ya no produce la misma sensación de seguridad. Mucha gente mayor, por ejemplo, expresa su temor a que hijos y nietos no sean solidarios con ellos cuando les necesiten. Los hogares con tres generaciones conviviendo son ya muy pocos y la familia nuclear se ha encogido.

También ha cambiado brutalmente la densidad de los hogares. Hay mucha más gente que vive sola, lo que ha doblado la ratio de espacio disponible por ciudadano, hasta llegar a unos 36 m2 de media. En general hoy vivimos en pisos más grandes que en 1985 y con menos gente por vivienda. Algunas áreas, como Ciutat Vella o L'Eixample, sufren un notable envejecimiento poblacional y empiezan a liberar stock por la defunción de los que compraron los pisos en los 60 y 70.

La especulación con ladrillos también sale retratada en las encuestas. Gran parte de los profesionales liberales se han dedicado a comprar pisos urbanos como una forma nueva de invertir el ahorro e incluso un 30% de la clase trabajadora asegura poseer propiedades urbanas que no son su primera residencia ni tampoco vacacional. "Las segundas residencias son otra cosa, se ve claramente en los datos. Sobre un 20% de la población tiene una, pero raramente se trata de trabajadores", compara. Tampoco son pisos heredados, que es una de las preguntas de la encuesta, sino comprados como inversión especulativa, para alquilarlos a otros o revenderlos.

Las coronas y las clases
La Encuesta metropolitana no separa los resultados por distritos ni barrios, porque trocear la muestra incrementaría el margen de error. Distingue varias coronas de ciudades, con Barcelona en medio, y ha ido ampliado su alcance a cada nueva edición, hasta llegar a la totalidad de Catalunya en 2006. Subirats se ciñe en su libro a la Región Metropolitana, para poder comparar los datos de las cinco encuestas acumuladas.

El resultado es una progresiva re-obrerización de Barcelona ciudad: el equilibrio entre clases pudientes y humildes de 1985 se ha roto por el traslado de profesionales y empresarios a las urbanizaciones y por la concentración de la nueva inmigración en la capital catalana. En cambio la clase trabajadora ha perdido peso en la primera corona, compuesta por 26 municipios del Baix Llobregat, Barcelonès, Vallès Oriental y Occidental y Maresme, por el progreso económico de las generaciones jóvenes y el ascenso de núcleos como Sant Cugat del Vallès. La segunda corona, que ya abarca siete comarcas, se mantiene equilibrada, aunque ha experimentado una notable homogeneización de las formas de vida. Antes en los pueblos de estas comarcas la vida diaria era más rural, mientras que ahora muchas de las ciudades cercanas ofrecen una oferta cultural y lúdica que ya puede rivalizar con la barcelonesa.

La tendencia general, aparte del progreso económico generalizado en toda España y Europa, es la convergencia en la calidad de vida. "Durante los primeros años de democracia las administraciones invirtieron más en las periferias que en los centros, porque estaban mucho peor", explica Subirats. "En los años 80 y 90 se tendió a la reducción de las desigualdades sociales, tanto en riqueza como en calidad del entorno", prosigue. Las zonas hasta entonces marginadas obtuvieron equipamientos, transporte, asfaltado y los servicios básicos que ya tenía el resto del país, tanto en Barcelona como en las comarcas. Un síntoma, según la catedrática, ha sido la democratización del automóvil. Esto duró hasta el cambio de siglo, cuando empezó la inversión de tendencia.

Las otras crisis
Barcelona y Catalunya han vivido otras crisis económicas, porque el zig-zag de los indicadores se ha mantenido ascendente. Para Subirats, esta crisis es diferente porque entraña un "cambio de ciclo": "Tras la Segunda Guerra Mundial se produjo un gran pacto social redistributivo en Occidente, que conllevó la creación de grandes clases medias, el ascenso de la socialdemocracia y los Estados del Bienestar. Pero España estaba bajo una dictadura y no entró en esta dinámica hasta los 80, a destiempo, cuando emergían Reagan y Tacher y se invertía la tendencia". "Poco a poco ha calado una ideología neoliberal de 'toma el dinero y corre', que ha transformado las clases existentes. La nueva clase corporativa –alta– ya no es industrial y local, como la burguesía del siglo pasado, sino especulativa y globalizada, sin ningún otro grupo social que rivalice en poder ni organización", concluye.

El libro de Marina Subirats se preocupa más de dibujar con detalle el mapa de grupos sociales actuales que de reflejar la lucha de clases. Delimita los grupos al proyectar 150 variables socio-económicas a la vez e identifica hasta ocho conjuntos diferentes. La clase alta o 'corporativa', en el argot académico, tiene tan poco grueso numérico que no produce subgrupos en una muestra generalista. La clase media, en cambio, queda compuesta por cuatro colectivos diferentes: los empresarios con asalariados, los profesionales liberales, los autónomos –"que se están descolgando de la clase media", según la autora– y un nuevo grupo, los jóvenes. "Los hijos de clase media son un fenómeno de lo más extraño, porque disfrutan de la calidad de vida de sus padres y han sido criados como príncipes, pero luego son los más maltratados en el mercado laboral y los que menos participan en política y asociacionismo", retrata.

Entre la clase trabajadora, Subirats ha distinguido tres grupos muy diferentes entre sí. Los que viven mejor son los trabajadores jóvenes y adultos: "Imitan a la clase media e incluso creen serlo, porque van de vacaciones, tienen coche y un pisito que no está mal, con la ilusión de ser propietarios por estar pagando una hipoteca". No se ven a sí mismos como obreros porque el 65% trabaja en el sector terciario, aunque en empleos poco calificados. Tras ellos está la clase trabajadora vieja, es decir, los jubilados con pocos ingresos –muchos son viudas con pensiones no contributivas– y normalmente procedentes de la inmigración del desarrollismo. "Es el grupo más grande, el 26% del total de la sociedad, y el más desfavorecido, pero también es el que menos descontento se siente, porque ha vivido mucho peor", analiza.

Poco sospechan estas viudas su gran parecido económico a otro grupo social, mucho menor (8%): la nueva inmigración que no ha prosperado laboralmente. Participan poco en la vida pública, no suelen tener coche, son más religiosos que la media y de espectro político tendiente a la derecha. Sin embargo, se diferencian radicalmente en el estilo de vida. Las unas viven solas, los otros más bien apretados; ellas viajan poco y cerca, ellos cruzan medio mundo cada vez que pueden permitirse visitar a la familia. Ambos, sumados, constituyen un tercio de la Barcelona metropolitana.

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