El mundo despide a Antoni Tàpies

Tàpies es visto en Japón, Francia o Estados Unidos como uno de los suyos

Teresa Sesé

"Yo voy a la caza de almas, no de masas", confesaría Antoni Tàpies entrado ya en la recta final de su vida, dejando abierta una rendija de aparente modestia desde la que se atisbaba el deseo insobornable de que su obra pudiera ser comprendida y útil para la gente. Hace ya mucho que Tàpies había entrado en el selecto grupo de los artistas imprescindibles, sin duda el más sobresaliente del arte español de la segunda mitad del siglo XX, pero aún hoy continúa asombrando la potencia con la que su obra se proyecta en todo el mundo y que ayer quedaba reflejada en los titulares que los grandes medios de comunicación, desde The New York Times a diarios digitales japoneses dedicaban "al último de los grandes". "Es sobrecogedor y muy emocionante", señalaba Xavier Antich, presidente de la Fundació Tàpies, tras revisar montones de recortes de prensa y páginas web.

Tàpies en el Guggenheim del Soho en la exposición que le dedicó en 1995

Pero ¿qué es lo que hace de Tàpies un artista de alcance universal? ¿Por qué atrae a culturas tan diversas? Un dato que abunda en el mismo interrogante: su obra –y esto es algo insólito en un artista español contemporáneo– está representada en casi un centenar de colecciones públicas, del Stedelijk Museum, en Ámsterdam, al Karuizawa de Tokio, pasando por la National Gallery of Australia, el Museum Art Kiasma de Helsinki, el Museo Tamayo de México o la Tate de Londres. "Vas al MoMA y siempre está ahí, ocupando un lugar importante y eso, en un museo donde cada centímetro se discute, habla mucho de su apreciación y persistencia", señala Carles Guerra, conservador jefe del Macba.

El propio artista reconocía que le halagaba saber que la gente lo quería, que había artistas que lo seguían en todo el mundo y que a menudo –y esto le hacía reír– lo confundían con una especie de gurú. Llegaban desde Japón, Alemania, Francia, India... Más allá del carácter único de la propia obra de Tàpies, Xavier Antich echa mano de la tesis desplegada por la crítica norteamericana Dora Ashton en la exposición A Rebours. La rebelión informalista, que pudo verse en el Reina Sofía, para entender su carácter universal, "Ashton defiende que después de la Segunda Guerra Mundial, los artistas se atreven a mirar al abismo e independientemente de sus fronteras naturales, sus orígenes geográficos, crean una lengua franca con la que tratan de dar respuesta al agotamiento de todos los lenguajes.

Tàpies se inscribe dentro de esa reacción que hace que, de repente, un Pollock o un Rothko sean vistos aquí como uno de los nuestros, y por la misma razón Tàpies es visto en Japón como uno de los suyos. Él, además, es el que se ha mantenido más años en activo, ha pintado hasta los 87 años, marcando toda una época".

La internacionalización de Antoni Tàpies arranca en Nueva York, en 1953, llega poco después de su primera exposición en Barcelona, en Galeries Laietanes y su presencia en la Bienal de Venecia de 1952. Tàpies desembarca a través de la galería Martha Jackson y 25 años después Hilton Kramer, crítico de arte de The New York Times, todavía recordaba en un artículo el impacto que produjo aquella primera visita. También para la trayectoria de Tàpies fue un momento decisivo, apunta Guerra. "Lleva consigo toda la carga literaria de Dau al Set, la pasión por el cine, por la música, y al llegar allí y entrar en contacto con el momento álgido del expresionismo abstracto, hace un click y vuelve con la idea fija de que tiene que liberar su pintura de toda la carga literaria. Empieza a distanciarse de Brossa y aparece el gran maestro que sintetiza todas las lecturas e influencias de su biblioteca. No es un ingenuo, la gente lo tiene mitificado como un artista que mira hacia sí mismo, reacio al mundo, y es cierto, mira hacia el interior, pero también sabe conectar con lo que hay fuera. Ahí, en los cincuenta, queda fraguado su estilo. Hoy cuando lo ves en el MoMA en el contexto de expresionismo abstracto ves que resplandece con luz propia, y eso no le sucede a ningún otro español. A Saura se le nota el origen, a Tàpies no, hoy lo puedes contemplar como se contempla un Rembrandt, uno de esos clásicos grandes e intemporales".

Adorado especialmente en Alemania y Francia, su reconocimiento en Estados Unidos no siempre fue tan unánime, algo que dolía al propio artista. Después del amplio eco obtenido en los 60, cayó en el olvido de la crítica norteamericana. "Tàpies siempre tuvo un problema en EE.UU. porque los americanos no acababan de creerse que estuviera en la misma liga de Jasper Jones y Rauschenberg. La razón era que no habían sido ellos, los americanos, sino los europeos los que lo decían", señala el artista Francesc Torres, buen conocedor de la escena neoyorquina. Torres considera que hay exposiciones que tumban la carrera de un artista al menos por una generación, y dice que Tàpies fue víctima de la que le dedicó en 1995 el Guggenheim en un espacio que tenía en el Soho, hoy transformado en una tienda de Prada. "Estaba pobremente comisariada por Carmen Giménez y en ningún caso pensada para los americanos. No ponía las cosas en contexto, estaba mal colgada, mal iluminada, y la crítica lo destrozó, llegando a hablar incluso de pintor decorativo. Llamar a un pintor abstracto decorativo y más tratándose de Tápies es el beso de la muerte".

Recientemente Manolo Borja-Villel, el actual director del Reina Sofía, restauraba en parte el desastre con una exposición en el Dia Art Foundation. "Tàpies está en los mercados. Lo que necesita es volver a la historia. No es una invención española sino un artista fundamental para entender el arte de la segunda mitad del siglo XX", decía entonces. Ayer, Borja-Villel, que fue director de la Fundació Tàpies y viajó a Barcelona para acompañar a la familia, añadía nuevos motivos para entender su impacto internacional: "Básicamente hay dos razones. Una tiene que ver con su papel como artista en la sociedad y la otra con su obra. Es el último humanista, el último artista de la modernidad con una visión global del mundo, con una cultura enciclopédica, que hace su obra atraiga a un público amplio y diverso. Su obra es singular y eso se da en otros casos, pero lo que no es común es que como una novela de Kafka nos introduce siempre en un mundo propio".

Y Laurence Rassel, la actual directora de la Fundació, aún añade otra: "Su universalidad viene de la fuentes de su conocimiento, los libros, la filosofía, la ciencia, la historia... Se relaciona con el mundo, sin límite alguno, y a través de los objetos más diversos. Y eso hace también que cualquier cultura por diversa que sea pueda reconocerse en su obra. Eso se ve muy bien cuando entras en su biblioteca o contemplas su colección privada de arte".

El pintor "extraterrestre"

Óscar Caballero

París | Servicio especial

Tàpies era un gigante y como todo el mundo sabe, los gigantes nunca mueren". Bernard Génies, del Nouvel Observateur, dio la tónica del respeto y la admiración que suscitaba Tàpies en Francia. Entre otras cosas, por su persistencia, reflejada por última vez hace un año, con "obra reciente", en la galerie Lelong, en cuya librería también reinaba, con los siete libros que firmó y los innumerables sobre su trabajo. Por ejemplo, los títulos de Jean Fremon, 65 años, codirector de la galería. En diciembre vio a Tàpies por última vez. "Su agudeza visual se reducía y un día me preguntó si yo notaba diferencias entre su obra de ayer y la última. Le respondí que no. Y era sincero".

Mientras la emisora de información, France Info, veía en Tàpies "un símbolo de la complejidad catalana; esa disputa entre pasión y razón", Valérie Duponchelle (Le Figaro) titulaba: "Cataluña pierde a su pintor extraterrestre".

Francia distinguió a Tàpies con la Legión de Honor, lo acogió en su Académie des Beaux Arts y le dedicó retrospectivas en 1994 (Jeu de Paume) y en el 2006 (Hôtel des Arts de Toulon). Raro homenaje a los 80 años del artista, el 13 de diciembre del 2003, Libération transformó su edición n.º 7025 en coleccionable: 11 obras y un alfabeto, creados expresamente por Tàpies quien además explicaba su visión de los periódicos: "la parte trágica de la Humanidad". De su pintura decía que "la abstracción se anuda cada vez más estrechamente a mi cuerpo y a los materiales". Y deseaba que no fuera "totalmente inútil para calmar el dolor del mundo".

Con obra en el Pompidou y la Maeght, Tàpies tenía domicilio parisino en Lelong, referencia del arte contemporáneo desde 1981. Según Daniel Lelong, 77 años, "a Tàpies no se le puede definir en pocas palabras. Y si me pregunta por qué, la respuesta más apropiada sería decir que Tàpies provocó una revolución en provecho de la belleza, con materiales pobres –tierra y arena, desechos y alquitrán–, para restituirles la dignidad que habían perdido".

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