Un nuevo libro retrata la otra cara de Michelle Obama, la que provoca tensiones entre su marido y sus asesores

La 'confesión' de la primera dama estadounidense a Bruni de que la Casa Blanca era el infierno generó una crisis

Por Francesc Peirón / Nueva York

Michelle Obama escenifica el papel de primera dama en público y ejerce de "presidenta" en la intimidad. La mujer de la sonrisa, la que consuela a familias de militares o lucha contra la obesidad infantil, una lacra en Estados Unidos, también mueve los hilos de la política detrás de la cortina. Ella se ve "como guardiana de los valores".

En ocasiones trascendentales –la pérdida del escaño "histórico" de los Kennedy, la derrota electoral del 2010, los conflictos por la reforma sanitaria– vertió su ira contra el equipo de su marido, Barack Obama. Incluso le ha urgido a reemplazar a algunos –"nunca se enfrenta a ellos directamente"–, quienes se atrevieron a maldecirla por sus injerencias.


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Aquel grupo de amigos que viajó de Chicago a Washington se ha disgregado ante la realidad del poder. Michelle ha jugado un papel nuclear en esa evolución. De hecho, Rahm Emanuel, hoy alcalde de la ciudad de Illinois, dejó el cargo de jefe de gabinete por las tensiones que surgieron entre los viejos colegas a causa de las críticas de la primera dama.

Así se desprende del libro The Obamas, que se publica el martes, aunque ayer hizo un avance The New York Times. De sus páginas emerge un retrato poco habitual de las tensiones entre el Ala Este de la Casa Blanca –la residencial– y el Ala Oeste, la oficina del mandatario.

La autora –Jodi Kantor, periodista del citado diario– explica que ha realizado una treintena de entrevistas para su redacción. Reconoce sin embargo, que los dos principales protagonistas se negaron a colaborar.

Su ausencia la ha utilizado el portavoz oficial, Eric Schultz, para arremeter contra el relato. Dice que la autora "sobredramatiza" viejas historias en la relación entre dos personas con las que no habla desde el 2009. "Las emociones, los pensamientos, los momentos privados descritos, aunque atribuidos a menudo al presidente y su esposa, no reflejan más que los pensamientos de la escritora. Historias de segunda mano que se atribuyen a cualquier administración y, por lo general, se exageran".

Kantor, que cita nombres y apellidos de bastantes fuentes, describe a Michelle como una mujer orgullosa y preocupada por ser la primera afroamericana que llega de anfitriona a la Casa Blanca. "Siente que todos esperan el día en que una mujer negra cometa un error", señala un ex asesor. Otro asegura que se conjuró para no ser una primera dama "entrometida" al estilo de "Nancy Reagan o Hillary Clinton".

Tanto que se planteó retrasar su mudanza al hogar presidencial, celosa de su privacidad. Le molestaba el confinamiento, la imposibilidad de pasear el perro sin estar en el punto de mira de las cámaras o bajo el escrutinio de los ayudantes de su marido por cualquier cosa, desde la decoración a sus viajes (como el vituperado veraneo en España). Sólo asumió la responsabilidad al entender el perjuicio a su marido.

Pero estas reticencias provocaron uno de los choques más graves, el que acabó con la salida de Robert Gibbs, entonces director de comunicación del gobierno. A Michelle le sublevó la aparición de un libro en el que supuestamente ella le confesó a Carla Bruni, esposa del presidente francés Nicolás Sarkozy, que vivir en la Casa Blanca era "un infierno".

En agosto del 2011, Barack cumplió 50 años, justo al final de la disputa con los republicanos por la deuda federal. Michelle invitó a 150 personas y les pidió que no se marcharan temprano. Quería hacer un brindis. Fue tan elogiosa que el propio homenajeado, ruborizado, intentó poner fin. Ella le ordenó que se sentará y escuchara. Acató la orden.

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