Los soldados regresan a EE.UU. de su misión de Iraq

Un mando explica a los soldados las dificultades de volver a la vida cotidiana | "Siempre ha sido igual en Iraq: todo lo que saben hacer es guerra, ¡qué lástima!", dice un militar

Marc Bassets

Así terminan las guerras del siglo XXI: con trescientos soldados bajando en silencio del avión en el frío del desierto al atardecer, la banda militar interpretando un villancico y los familiares con carteles en los que se lee "bienvenido" o "te hemos echado de menos".

Algunos soldados parecen desconcertados porque nadie les ha ido a buscar. Otros, ansiosos por volver a ver a la familia. O expectantes ante el primer fin de semana en casa, al fin lejos de la rutina en una base en un país hostil.

Ni desfiles de la victoria ni capitulaciones. Nadie sabe bien si han ganado, si han perdido. Sólo una certeza: han vuelto antes de lo que muchos esperaban, podrán celebrar la Navidad y el fin de año en casa y en febrero verán con los suyos la Superbowl, la final del campeonato de fútbol americano.

"Creo que hicimos algo bueno para la gente de Iraq. Ojalá puedan mantener lo que hicimos", dice el teniente Rolando Mancha, 38 años, de los cuales doce en el ejército. Le esperan su esposa, Robin, y sus hijos de uno y dos años. Cuando hace cinco meses el teniente Mancha voló a Mesopotamia, no esperaban volver a verlo tan pronto. Calculaban que tardarían un año.

"Cuando oímos que volvería antes de fin de año nos alegramos mucho", dice Robin Mancha. Se alegraron y, como otras esposas y familiares que han venido a recibir a sus soldados, se lo agradece a Barack Obama, el presidente que, siguiendo el plan de su antecesor, George W. Bush, decidió que el 31 de diciembre no quedarían ningún soldado estadounidense en Iraq.
La implicación de EE.UU. en la guerra de Iraq –que en el 2003 galvanizó a la superpotencia y dividió a los países occidentales pero acabó arruinando la presidencia de Bush y propulsó la carrera de Obama– concluirá en unos días. A día de hoy, quedan unos miles soldados en el país árabe. En el 2007 llegó a haber 170.000.

No habrá desfile de la victoria, pero esta semana el presidente ha lanzado una ofensiva pública para reivindicar una de sus promesas cumplidas. Dijo que acabaría la guerra de Iraq y lo ha hecho. El lunes recibió al primer ministro iraquí, Nuri al Maliki, y ayer pronunció un discurso en la base de Fort Bragg, en Carolina del Norte. Una mayoría amplia de norteamericanos respalda la retirada. A la superpotencia, fatigada de guerras inconclusas y azotada por un paro elevado, se le ha quitado el apetito bélico.

El viernes pasado, en la base del ejército de Fort Bliss, cerca de El Paso (Texas), regresó uno de los últimos contingentes de la Primera División Acorazada de la US Army: la primera que entró en combate en la Segunda Guerra Mundial, la que, durante la guerra fría, se encargó de vigilar el telón de acero desde las bases de la Alemania Occidental.

En la la frontera con México (la conflictiva Ciudad Juárez se encuentra a apenas veinte minutos en automóvil, en la otra orilla del río Grande), Fort Bliss se extiende por el oeste de Texas y Nueve México, y conecta con el campo de pruebas de misiles de White Sands, donde en 1945 se realizó la prueba nuclear previa a Hiroshima y Nagasaki. Pero los tiempos de las guerras épicas y apocalípticas quedan lejos. En el 2011, el final de una guerra es un hangar inhóspito en el aeropuerto de la base Fort Bliss con tenderetes y un castillo hinchable para que los niños se entretengan mientras esperan a los soldados.

Los miembros de una iglesia de El Paso reparte galletas caseras, palomitas de maíz y té helado. Una empleada civil de la Army ofrece folletos y consejos para ayudar al soldado en la nueva vida: dónde buscar asesoramiento psicológico y espiritual, cómo preservar matrimonios que ha pasado más tiempo separados que bajo un mismo techo, cómo encontrar un empleo para las esposas.

En el 2010, 295 miembros de las fuerzas armadas se suicidaron. El paro entre los veteranos de Iraq y Afganistán se eleva al 12%, tres puntos más que la media nacional. Entre los cónyuges de militares, es del 26%.
Melissa Newman, 37 años, espera a su marido, el teniente Christopher Newman, de 29 años. En el cochecito de su hijo, Aden, 16 meses, lleva un cartel con una foto del niño vestido de soldado. "¡Sí! ¡Mi papi vuelve!", se lee.

Cuando a las seis de la tarde el avión aterriza, los familiares salen a la pista. Han sido unas 24 horas de viaje. Primero, de Bagdad a Kuwait por carretera, el camino inverso de aquella invasión de hace casi nueve años llena de promesas e incertidumbres. Después, en avión hasta Irlanda. Y de allí a Fort Bliss. Una valla separa a los familiares de los soldados, que pasan de largo: les está prohibido tocar a civiles mientras vayan armados. Primero deben dirigirse a otro hangar, donde entregarán el arma y se someterán a algunos trámites burocráticos.

Cuando EE.UU. ocupó Iraq, algunos en la Administración Bush lo compararon con la Alemania de 1945. Si a golpe de bomba Alemania se había democratizado y convertido en uno de los países más prósperos del planeta, ¿por qué no Iraq?

La retirada de Iraq coincide con la retirada de Alemania de la primera división acorazada. "Poco a poco se reducen las tropas. Pero ¿por qué teníamos tropas en Alemania? Por la guerra fría, por el corredor de Fulda", dice, en alusión a la llanura germanooccidental donde EE.UU. esperaba una eventual invasión soviética, el teniente coronel Dennis Swanson. Nacido en Alemania en 1965, hijo de un militar estadounidense y de una alemana, en Iraq Swanson sería una hipótesis imposible.

Iraq no es Alemania. En Fort Bliss se celebra la Oktoberfest. En Bagdad los soldados ni salían de la base si no era en una misión. Los recelos hacia el árabe nunca desaparecieron. "Siempre ha sido igual, allá. Todo lo que saben hacer es guerra. ¡Qué lástima!", dice el teniente Mancha.

Sentados en unas gradas desmontables, los soldados escuchan el último discurso antes de ver, al fin, a sus familias. El teniente coronel Timothy Farmer, comandante en la retaguardia, les da instrucciones para evitar problemas en las primeras horas en EE.UU.

"Han estado en un ambiente en el que no tenían acceso a muchas cosas a las que tienen acceso aquí. Como el alcohol", aclarará después Farmer. "Vuelven y, a veces, en su deseo de pasárselo bien, se pasan y toman decisiones erróneas".

Así acaban las guerras del siglo XXI: sin desfiles en la Quinta Avenida, sin confeti ni serpentinas, y con un teniente coronel explicando didácticamente a los soldados que no se emborrachen, que cuiden de sus esposas, que no hagan tonterías.

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