La policía sitia la Bolsa de Nueva York para evitar la toma de los 'indignados'

El 'Día de acción', que conmemora los dos meses del movimiento, se salda con al menos 250 detenidos

Francesc Peirón

El martillazo de apertura de la Bolsa de Nueva York sonó a las 9,30 horas, como cualquier otro día. Pero no era como cualquier otro día. Entre las filas de los “brokers” faltaban unos cuantos, a los que la policía no dejó acceder al carecer de su “working ID” o identificación laboral. En los controles de acceso no se hacía distinciones. Otros llegaron a tiempo, aunque con una nueva experiencia, que es la de comprobar cómo es una ciudad sitiada por la policía, una imagen más propia de republica bananera que no del país adalid de la libertad, en respuesta a la amenaza de invasión de los “indignados”.

Hacía dos meses. Este 17 de noviembre, llamado “día de acción”, se conmemoraba en la Gran Manzana que el 17 de septiembre había arrancado esta protesta ciudadana, luego expandida por otras ciudades, de costa a costa de Estados Unidos, donde también se registraron numerosas marchas. Aquella jornada, tan gris y lluviosa como la de este jueves, nadie daba un centavo por la supervivencia de este colectivo. Los medios de comunicación les dieron la espalda. Resultaba inimaginable, como ha sucedido dos meses después, que la calle estuviera llena de gente protestando, entre los que hubo al menos 250 detenidos, contra la codicia de las corporaciones y la corrupción política.

Los anti Wall Street no consiguieron el objetivo de “echar abajo” el funcionamiento cotidiano del New York Stock Exchange (NYSE). Si lograron perturba su normalidad, por todo el conflicto que crearon en el exterior, donde un despliegue policial impresionante, al más puro estilo militar, desde la caballería a la infantería, cerró el acceso a todas la calles que permitían acercase al simbólico edificio. “Hay gente que confunde la estrategia con la táctica”, afirma Chris Cobb, uno de los activistas más reconocidos por su parodia de periodista de la “odiada” Fox.

“La estrategia es la totalidad –explica- y la táctica sólo es la herramienta. No se había de tomar de forma literal la expresión de ocupar Wall Street. Sólo es una manera de conseguir presencia, de tener impacto y hacer crecer el movimiento”.

Cuestión que no impide que más de uno se quedara decepcionado por no haber impedido la apertura de la Bolsa. Esta era un de las acciones planificadas para una jornada en la que se quería llevar la protesta a estaciones de metros de los cinco concejos de la ciudad, al puente de Brooklyn o a una céntrica plaza, cerca del Ayuntamiento.

Sin embargo, el punto culminante del “día de acción” era el desayuno convocado para impactar sobre el parquet bursátil más famoso del mundo y barómetro de la economía mundial. El anuncio de esta actuación hizo que las autoridades estuvieran sobre aviso y la policía dispuesta desde la madrugada.

Antes de las siete de la mañana, el mejor ejemplo de la precaución no era ver los caballos alineados frente al NYSE, o los centenares de uniformados –con armamento sofisticado- congregados en las aceras de un territorio al que se impedía entrar a los ciudadanos de a pie. A los que salían del metro se les conducía por un carril vallado, hasta una zona fuera del perímetro de peligro. No, lo más impresionante eran los “check points” en los que se pedía la documentación a todo el que se movía por allí.

El mayor tránsito se registraba en la confluencia de Broadway con Wall Street. Dos ejecutivos enfurecen cuando les niegan el paso. Los dos han mostrado el carnet de conducir pero no llevan su identificación laboral. Así que no les dejan pasar, no sea que en realidad sean unos “indignados” camuflados en sus trajes. Uno de ellos no critica a los uniformados, sino a los otros: “Lo que esta gente debería hacer es trabajar, como yo”. El otro responde con una sola palabra: “Excesivo”.

Mientras, Tyree Robinson ofrece a gritos identificaciones laborales. En su mano exhibe un billete de dólar. “Estoy defendiendo el derecho constitucional de la libertad de expresión y de la libertad de movimiento”, comenta. “Si esto es libertad… Esto es una ciudad tomada, vivimos en un estado policial”.

A su lado, Liz exhibe un cartel: “La democracia no puede ser enjaulada”. De la boca de esta abogada sale una consideración. “El Gobierno no está para servir a las corporaciones. Nos quitan los derechos y sólo estamos aquí para trabajar y servir a los ricos”.

Los congregados en Zuccotti park, desalojado la madrugada del martes y donde un juez ha avalado que no se puede acampar, arrancan a caminar. Se acercan al máximo hacia la Bolsa. Pero se ha montado un cuadrado, a dos manzanas del objetivo, en que la policía lo cierra todo. En la confluencia de Pine con Nassau, con vistas al edificio prohibido, se produce un atasco. Muchas personas, de uno y otro bando.

Entre todos sobresale Ray Lewis por su uniforme, el de mudar. Hace ocho años que, tras otros 24, se jubiló del cuerpo de policía de la ciudad de Filadelfia. Ahora vive en el norte del estado de Nueva York y el lunes llegó a la ciudad con la intención de incorporarse al día siguiente al campamento. Demasiado tarde. “Me preocupan que hayan cerrado las calles, pero no me sorprende, es una táctica de las dictaduras para limitar la protesta de sus ciudadanos”, afirma.

De fondo resuena la consigna “¿qué calles?, nuestras calles”. A algunos les crea dudas la personalidad de Lewis. “Fui policía –insiste- y siempre estuve al servicio de la gente, para protegerla y no para ir en su contra, como sucede aquí”.

Algunos “brokers” chocan con las vallas metálicas, y la humana que está detrás. Por mucho que digan que van ahí –señalan con el dedo-, no les dejan pasar. Al poco, uno de los mandos anuncia que o se despeja la calle o empezarán las detenciones. No pasan ni cinco minutos cuando se abre la valla y empieza la caza de todos aquellos que se niegan a levantarse del asfalto.

“Me asusta esto pero estoy bastante de acuerdo con este movimiento, necesitamos cambiar cosas”. Lo dice Angela Veneciano, empleada de una firma de seguros, en el número 40 de Wall Street. “Los ricos han de dejar de ser tan ricos”, sostiene.

Las detenciones prosiguen. Unos agentes sacan de las cajas (Max-cuff) y montan las esposas de plástico. Luego otros compañeros se las cuelgan a manojos en el cinturón. La situación pone en tensión a Ray Lewis. “Voy a hacer que me detengan”, comenta. El único problema es que tiene una pancarta entre sus manos y no quiere perderla. Una periodista se ofrece a custodiarla.

A los cinco minutos pasa a formar parte del grupo de sentados en el suelo con las manos atadas a la espalda. El ha llegado de pie, a otros los transportan como sacos, a una mujer la arrestan en su silla de ruedas y las imágenes de una mujer arrastrada por la cabellera hace que salte la alarma del uso excesivo de la fuerza.

La campana suena en el interior de la Bolsa. Los manifestantes se reagrupan en Zuccotti Park, donde se vivirán más enfrentamientos y refriegas con la policía. Las detenciones se situaron en casi 200, con al menos cinco agentes heridos, que recibieron atención hospitalaria por lesiones leves.

El “día de acción” continúa.

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