La cara oculta de la 'princesa' Kennedy

Una larga entrevista inédita presenta a la viuda de Kennedy capaz de despellejar a relevantes figura de la historia

Por Francesc Peirón | Nueva York
Corresponsal

De Jacqueline Kennedy, la viuda del presidente mito, siempre se ha dicho que encarnaba la princesa que a los estadounidenses les habría gustado tener.

Su imagen de persona glamurosa, dulce, siempre amable y atenta, con clase, como se acostumbra a decir, también cuenta con un reverso. De la cara oculta del icono emerge una lengua viperina, afilada, de comentarios agrios e inquisitivos, da igual que sus víctimas fueran ex presidentes del país, jefes de estado, colaboradores de su marido, personajes poderosos o familiares, como su suegra o su cuñado Edward.

Por su batidora, y sin piedad, pasan figuras relevantes de la historia como Charles de Gaulle (le hizo los parabienes en su visita a París), Indira Gandhi o el legendario Martín Luther King, esencial en la narrativa de Estados Unidos. Sus comentarios son del tipo: "No me extrañaría que fueran lesbianas" al referirse a la ex congresista Clare Boothe Luce y a la cuñada del que era presidente de Vietnam del Sur.

Insinúa que "las mujeres violentamente liberales en política" preferían a Adlai Stevenson, el demócrata que disputó a John Kennedy la candidatura demócrata. Justifica esa preferencia porque "les daba miedo el sexo".

Los trazos de esta desconocida primera dama, de perfil más complejo del manejado al uso, surgen a partir de sus propias confesiones. Mañana llega a las librerías el libro (cuenta con una versión en audio) Jacqueline Kennedy: historic conversation on life with John Kennedy (publicado por Hyperion).

Este trabajo recoge una larga entrevista –ocho horas y media– realizada por Arthur Schlesinger, el historiador que fuera ayudante de Kennedy. La conversación en siete partes se produjo en la primavera y el verano de 1964 en la mansión de Washington donde residía con sus hijos. Es una de las tres entrevistas que concedió tras el magnicidio de Dallas.

Tenía entonces 34 años. Todavía se hallaba bajo el impacto emocional por la muerte de su marido, de cuyo asesinato no hace alusión alguna. El material, publicado ahora, en el 50.º aniversario de la presidencia de Kennedy, se ha mantenido oculto por expreso deseo de la protagonista. Hasta su muerte, en 1994, nunca más volvió a hablar públicamente de aquellos tiempos.

De todo este material surge el retrato de una primera dama mucho más complejo del que se disponía hasta ahora. Irrumpe la Jacqueline que se fija en la paja del ojo ajeno y se olvida de la viga en el propio. Olvida por completo las correrías de su marido. No hay nada de eso. Todo lo contrario. Dibuja un John Kennedy familiar, con el que sugiere que nunca tuvo una pelea, leal, sensible, con coraje. El Camelot ideal.

En plena crisis de los misiles en Cuba, él la llamó a ella, que estaba de fin de semana en la casa de Virginia, y le preguntó. "¿Por qué no regresas a Washington?". De su voz, asegura, se deducía que algo iba mal. Sobre esos días sostiene que "parecía que no había despertar", según adelantó ayer The New York Times.

Frente al negro futuro que se atistaba en este choque con los soviéticos, Jacqueline le hizo una petición en octubre de 1962: "Si algo sucede, queremos estar aquí, contigo. Sólo quiero estar contigo, y quiero morir contigo, y los niños también, antes que vivir sin ti". Confiesa que el presidente lloró después de la desastrosa operación de Bahía de Cochinos contra el Gobierno de Castro.

Recuerda que John le comentó su pésima opinión sobre Lyndon B. Johnson, el vicepresidente que se mudó a la Casa Blanca tras su muerte. "¡Oh, Dios!, ¿te puedes imaginar qué le sucedería al país si Lyndon fuera presidente?", dice que le dijo. Ella se encarga de arremeter contra la mujer del sucesor real al cargo.

Jacqueline se presenta como una esposa tradicional, cuya voluntad se adhiere a la de su marido. "Mis opiniones proceden de John. ¿Cómo iba yo a tener opinión?. Fue el mejor y yo nunca concebí votar a cualquiera que no fuera mi marido, a cualquiera con el que estuviera casada".

Sin embargo, el historiador Michael Beschloss observa en la introducción del libro "la influencia que ella ejercía sobre JFK". Así lo concluye tras ver los problemas que debieron afrontar los colaboradores del presidente a los que Jacqueline señalaba.

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