'No me llames Duquesa. Llámame solo Cayetana'

El emotivo recuerdo de doña Cayetana del periodista Tico Medina, encargado de realizar su biografía en los años setenta

En el año 1972, o sea, hace casi medio siglo, la editorial Dopesa, que estaba realizando una serie de entrevistas a grandes personajes de aquel tiempo, me encargó unas "memorias" de la Duquesa de Alba. Era entonces ya Cayetana, una dama, más que famosa, popular. Estaba casada con Luis Martínez de Irujo, un gran señor, elegante y callado, que llevaba con serenidad y fuste el enorme peso de los ducados y los marquesados de su esposa, ya en aquel momento una de las mujeres no sólo con más títulos del planeta, sino de las más ricas del globo.


 

 

La Duquesa era un personaje singular, extraordinario, de las más deseadas por los periodistas mas brillantes del mundo. Por entonces, Oriana Fallaci ya la había inmortalizado en su serie Los antipáticos. Era historia, a pesar de su todavía resplandeciente calendario.

 

 


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Este viejo periodista pudo asomarse al corazón, al talante, al talento de esta mujer, sin lugar a dudas, única, irrepetible. Hablé con ella, cuerpo a cuerpo, cara a cara, en su ardiente casa blanca de Marbella, en su estudio siempre frío del palacio de Liria, en Madrid, donde había nacido, el de las lanzas doradas y una buhardilla para su alma de pintora. En su patio lleno de flores -me gustan mucho las orquídeas, es verdad, pero donde se ponga un clavel de Sevilla…- de Dueñas, donde además, por si fuera poco, había nacido don Antonio Machado. En aquella playa hippie entonces de Ibiza, donde se encontraba siempre tan a gusto, un día me dijo: “A veces me siento como una gitana bohemia de lujo, que le gusta ir por el mundo viviendo su vida”. O, por dar otro dato más, en aquel estudio de Enrique el Cojo de Sevilla, en Triana, donde más que aprender a bailar flamenco “ella ya nació sabiéndolo”, comentaba aquel viejo gitano ante el asombro de “quien movía las manos como pocas gitanas de raza lo saben hacer”. O en alguna noche hermosa, de aquellas en las que Lola Flores abría las puertas de su alma de navaja y luna, que yo tan bien llegue a conocer.

 

 



Ya me advirtió en nuestro primer encuentro: “Quiero pedirte un favor. No me llames Duquesa. Me dices, siempre, Cayetana”. Era sincera, siempre lo fue, austera, a pesar de lo que se veía, cristiana “a su manera”, que siempre quiso casarse por la Iglesia, como decía el Cardenal Amigo, y que me reconoció nada más empezar aquella larga confesión durante tanto tiempo: "No creo en los duendes de mis casas, que son muchas, es verdad, pero sí en el duende, que es algo con lo que se nace o no se nace. Dicen que tengo más dinero del que tengo, pero nada de eso me preocupa. Por que mi tesoro mayor son mis hijos". Había parido once veces, pero le nacieron sólo cinco hijos. “¿Que si soy feliz? A veces algo feliz, pero no del todo, si acaso cuando bailo, cuando pinto…cuando me siento válida para los demás”. Recuerdo aquel día en que conocí a la niña Eugenia, que entro en el estudio de pintora de su madre con un enorme bocadillo de chorizo.


 

 

 

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Coincidí con ella alguna vez en el cine de Chamberí, tal vez acudiendo a las películas de Lo que el viento se llevó, que tanto le gustaban. Tenía un cementerio para sus perros, amaba el mundo de los toros y los toreros y rejoneó algún día en las plazas del sur, vestida de maja, observada de cerca por su maestra Conchita Cintrón. Le gustaba el piropo de la feria. Aunque una vez le dijeron al paso, a caballo la Duquesa, alguien de a pie: “Eres una chata fea, pero eres una cosa diferente”.

 

 

 

 

 

Le hubiera gustado tener los ojos verdes. Y es verdad que un día me dijo aquello de, cuando había que hablar de la muerte, "que pongan eso que ya he dicho mas de una vez: 'aquí esta Cayetana, que vivió como sintió'”. Si el día que murió su tía Sol los caballos de la feria de Sevilla llevaron las brides negras, seria hermoso que, ésta que viene, en las casetas luciera una foto de la mujer que más amó a España, aunque pudo ser reina de Escocia. Manolete ya le habrá brindado el toro, que le prometió un día de soltera y que no pudo hacer por las razones de la leyenda.


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Fue una artista irrepetible. Un día me dijo un talabartero de El Tardón sevillano, al otro lado del Guadalquivir: "A mí me gusta Cayetana porque es una artista a la que no se le caen los anillos, porque da pan a los pobres sin que se sepa… y porque, además, ¡no parece duquesa!".

 

 

 

 

 

Y Alfonso Diez, el hombre que más la amó, tanto que le puso una piscina y un ascensor en Dueñas, sigue suspirando: "¿Qué voy a hacer yo sin ella?". Pues como todos los que la conocimos, Alfonso. Recordarla, con admiración, y sobre todo, sobre todo, respeto. Que mi libro terminaba, hace medio siglo, diciendo así: "E inmediatamente después, descalza, ha vuelto a su estudio, envuelta en la clara y fría capa de esta noche de invierno, otoño en su vida. Y ha vuelto a esconderse. Sí, en la íntima habitación de los espejos del alma”.

 

 

Tico Medina.

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