Reportaje

Central Park, el corazón verde que hace latir una ciudad

Al hablar de Nueva York, resulta complicado pensar en aquellas cosas que destacarías por encima de otras. Por ejemplo, arquitectónicamente es imposible elegir entre el Empire State o el Puente de Brooklyn. O de las famosas calles de la ciudad resulta complicado decantarse por un paseo entre la Quinta Avenida o por las bohemias calles del Soho. Pero si hay algo que es universal para todos, y que unifica el sentimiento de turistas y neoyorkinos, eso es Central Park. Acostumbrados a la verticalidad tan propia de Manhattan, este precioso parque ocupa un asombroso y enorme rectángulo horizontal de cuatro kilómetros de largo y 800 metros de ancho; un auténtico paréntesis verde para una ciudad consumida por las prisas, los coches y los ruidos.


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No es casualidad que Central Park sea considerado como el parque más romántico del mundo: lagos, senderos, sinuosas pendientes y árboles de gran belleza constituyen un paisaje bucólico que resulta perfecto como telón de fondo de cualquier producción cinematógrafica. Para conocer la historia de Central Park debemos remontarnos a 1857, año en el que el ‘Greensward Plan’, de Frederick Law Olmsted y el arquitecto Calvert Vaux, ganó el concurso para construir un parque en la ciudad de Nueva York.

Un parque de película
Mucho ha llovido desde entonces y hoy Central Park es ya, por derecho, parte de la historia de Nueva York. Pero la suya propia va mucho más allá, forjada a base de pequeñas grandes historias personales que hacen de este parque el más famoso del mundo. El Jardín del Edén de los neoyorkinos ha sido fiel testigo de rodajes de películas como Marathon Man (1976) con Dustin Hoffman, El Rey Pescador (1991) con Robin Williams, o ha visto sufrir a Keanu Reeves en El Abogado del Diablo (1997). Y si pensamos en la pequeña pantalla, ¿quién no recuerda a una enamorada Carrie Bradshow recorriendo, montada en un coche de caballos, los sinuosos senderos del parque en un romántico paseo con su eterno amante, Mr. Big, en uno de los capítulos de Sexo en Nueva York?


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Pero como la vida no es una película, aunque a veces pueda parecerlo, además de los 25 millones de visitantes que recibe anualmente Central Park también acoge a un gran número de personas que han encontrado en esta espectacular alfombra verde un lugar donde ganarse la vida. Y más que un lugar, un privilegio. Varios lagos con embarcadero, miles de árboles, dos pistas de patinaje sobre hielo y míticos monumentos, como el Castillo Belvedere (al que acceder a través del hermoso Jardín de Shakespeare), la romántica Fuente Bethesda –o fuente de las Aguas- o el Strawberry Fields, necesitan el cuidado de cientos de trabajadores que guardan el bienestar del parque para todos aquellos que acceden a disfrutarlo. Hola.com ha querido ir más allá y retratar las historias personales de gente real que, bajo el mismo decorado, no tienen nada que ver con actores o actrices y que tampoco siguen un guión de cine. Ellos son los protagonistas de su propia película.


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Una oficina sin puertas ni ventanas
Trabajadores de medio mundo completan el mapa del parque. “Aquí hace falta mucha gente, un parque como este requiere muchos cuidados y constantes”, nos cuenta Akram Hamid, uno de los jardineros del parque que hace 12 años llegó de Pakistán en busca de un futuro mejor. “Aquí estoy muy contento. Cuando llegué pensaba quedarme poco tiempo, pero la ciudad me ha acogido como uno más. Y ya han pasado 12 años, cinco trabajando en el parque”. Félix Ojeda es quien se encarga de que los coches de caballos luzcan perfectos para los turistas. Este mexicano, que aterrizó en Nueva York hace cuatro años, ha encontrado en el Bronx su hogar y en Central Park su lugar de trabajo. “Aquí estoy muy feliz. Añoro a mi familia, pero necesitaba ganarme la vida y Nueva York es la ciudad de las oportunidades”, confirma Ojeda. Y añade: “Soy un privilegiado; en mi oficina no hay puertas ni ventanas y todo el día respiro aire puro. Cuido de los caballos y me gusta lo que hago y dónde lo hago. Tal y como están las cosas, no puedo quejarme”, sentencia.


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Ambos son conscientes de la suerte que tienen y los dos coinciden en que Nueva York es una ciudad donde no pareces un extraño “aunque cuesta un poco al principio”, matiza Félix Ojeda mientras continúa sacando brillo a la ya de por sí brillante carrocería del coche de caballos.

Tampoco parecen preocupados un grupo de bailarines de break dance, que acuden al parque cada domingo para demostrarle al mundo su valía y sus arriesgados movimientos de caderas. “No todos tenemos la suerte de poder ir a una academia profesional. Nosotros no tenemos dinero”, nos cuenta Jonathan Couto, un puertorriqueño que vino a Nueva York a probar fortuna y la encontró bailando en Central Park; además, trabaja como camarero en un café y así se gana la vida. “Aquí viene mucha gente que sabe que bailamos y vuelve para vernos, así que en el parque estamos a gusto. Nos ganamos bien la vida aquí, mejor que en otro rincón de la ciudad”, responde Couto.


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Son historias reales, pero que bien podrían formar parte de cualquiera de los guiones cuyas escenas cotidianas están basadas en Central Park. Un corazón verde que hace latir a la ciudad. Un rincón del mundo donde es posible que el tiempo se detenga, e incluso, que retroceda.

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